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El discreto pasaje que recuerda a Luis Mesa Bell, primer mártir del periodismo chileno

Por La Prensa Austral jueves 28 de marzo del 2019

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En el Chile de los años 30 Mesa Bell dirige el semanario Wikén y desde sus páginas denuncia los atropellos y actos de represión que se cometen en esos días. Un caso será emblemático: la desaparición del joven profesor comunista Manuel Anabalón ocurrida en agosto de 1932. El periodista investigará y denunciará a quienes estaban detrás de este crimen, pero finalmente su ánimo y su actividad llevarán a su asesinato

Por Alejandro Perkic A.

Fotos José Villarroel G.

No tiene más de 100 metros de longitud y el ancho de su calzada apenas permite el paso -sin mucha holgura y con extremo cuidado- de algún vehículo. A sus costados, se levantan casas de dos poblaciones: Gobernador Viel y El Ovejero, la primera inaugurada en 1969, bajo el gobierno de Frei Montalva y la segunda en 1985 bajo el régimen de Pinochet Ugarte. Se trata del pasaje Mesa Bell, que ni siquiera lleva el nombre de pila de quien le da figuración: Luis. Incluso varios de los residentes del pasaje ignoran la historia que hay detrás de ambos apellidos, que contrastan con el resto de los nombres de las otras vías que conforman el pequeño conjunto habitacional del sector norponiente de Punta Arenas y que aluden a los oficios propios del campo magallánico: El Vellonero, El Puestero, El Campañista y La Señalada, entre otros.

Para saber más acerca de Luis Mesa Bell hay que remontarse a la época de anarquía imperante en Chile, en los albores de la década del treinta del siglo pasado, situándonos precisamente en 1932, año especialmente turbulento que comenzó con el gobierno de Juan Esteban Montero, político radical derechista cuya gestión era duramente criticada por inmovilista, cuando Chile aparecía como el país donde más se hacían sentir los efectos devastadores de la Gran Depresión mundial de 1929. Tras su renuncia viene la dictadura de Carlos Dávila, que derrocó la República Socialista de doce días de Marmaduke Grove, iniciando una dura persecución a socialistas y comunistas.

En este contexto tumultuoso y de alta agitación social encaja la figura de Luis Mesa Bell, destacado periodista que recién con treinta años, había sido director de El Correo de Valdivia y editor de La Nación.

Hombre joven, amante de sus padres, buen deportista y vecino proactivo de uno de los barrios emblemáticos de la historia comunal de Santiago, Mesa Bell vivía en la calle Manuel Montt, a una cuadra de la calle Providencia. Hijo de una familia de clase media y prolífica, era el mayor de seis hermanos y hermanas. Entusiasta y perseverante, contaba con el respeto de sus amigos y vecinos de Providencia.

Tras su paso por los medios mencionados anteriormente, Mesa Bell dirige el semanario Wikén denunciando en esa tribuna los atropellos que se cometen en esos días de represión política. El escritor Claudio Rodríguez, curioso e investigador de su historia desde hace años, destaca que Mesa Bell “de inmediato modificó el estilo liviano y de variedades de la revista por otro más agresivo e ideológico, semejante al que ya había desarrollado en su paso por La Crónica. Así se sucedieron las denuncias sobre los corredores de la Bolsa Negra, los servicios de Aseo y Jardines, las Milicias Republicanas (para infiltrarse en sus cuarteles se disfrazó de albañil), además del tráfico de morfina, heroína, cocaína y opio en el puerto de Valparaíso.

El caso del profesor Anabalón

Por este y otros hechos, Mesa Bell se había transformado en un defensor de los derechos ciudadanos de trabajadores y sindicalistas, y en un ácido persecutor de la corrupción y la venalidad al interior de las instituciones públicas.

Sin embargo, un caso será emblemático: la desaparición del joven profesor comunista Manuel Anabalón Aedo ocurrida en agosto de 1932. Recién llegado del norte del país para concurrir a un congreso de trabajadores, el docente fue asesinado y fondeado en una poza del puerto de Valparaíso.

El cartel registra el nombre del pasaje, pero de manera incorrecta.

Mesa Bell comenzó una acuciosa investigación del paradero de Anabalón, que lo llevó a identificar como responsable de su desaparición y muerte al joven prefecto de 24 años de la Sección de Investigaciones (hasta 1934, una dependencia de Carabineros), Alberto Rencoret Donoso, integrante de una familia de clase alta, conservadora y católica que tras su salida de la policía llegó a ser arzobispo de Puerto Montt.

Respecto del caso Anabalón, Wikén publicaba semanalmente artículos con títulos como “Anabalón debe aparecer vivo o muerto” (5-11-32); “El retiro de Rencoret facilitaría la investigación” (12-11-32); y “Anabalón no aparece y Rencoret sigue en su puesto” (19-11-32). En el título de uno de estos artículos, publicado a fines de 1932, Mesa Bell acabó por firmar su sentencia de muerte: “La Sección de Seguridad: vergüenza y baldón del cuerpo de Carabineros”.

Pese a que amenazó con querellarse, Rencoret nunca lo hizo. Además, la revista sufrió una escalada represiva que comenzó con citaciones a la Intendencia y a la Sección de Seguridad, y continuó con acosos policiales.

Asesinato del periodista

El 20 de diciembre de 1932 Mesa Bell fue detenido por agentes de Investigaciones en calle Moneda, entre Amunátegui y Teatinos, de acuerdo a Héctor Pedreros Jáuregui, quien se encontraba conversando con él. Fue asesinado esa misma noche a golpes y su cadáver apareció destrozado al día siguiente en un potrero de Carrascal, en la periferia de Santiago.

Para dar a entender lo que sucedió la noche del 20 de diciembre de 1932, la prensa publicó viñetas de dibujos en los días posteriores al crimen. Se muestra allí una caricatura de Luis Mesa Bell abandonando la redacción de Wikén, junto a un amigo. La revista funcionaba en una antigua casona, en el primero de cuyos patios estaban las instalaciones de Topaze.

Notablemente, el 21 de diciembre y siguiendo los datos aportados por Mesa Bell con su investigación, el juez respectivo logró ubicar y rescatar los restos del profesor Anabalón que estaban fondeados en la bahía de Valparaíso.

Multitudinario funeral

El día de los funerales de Mesa Bell, el diario Las Ultimas Noticias estimó que la concurrencia había alcanzado las treinta mil personas, pero por los datos que se desprenden de varias circunstancias acaecidas en el trayecto al Cementerio General, se puede estimar la concurrencia en cerca de ochenta mil personas, cifra que, para una capital con una población cercana a los 900 mil habitantes, habla de la conmoción que se generó con el asesinato. En la Alameda, entre las calles Arturo Prat y Amunátegui, desde muy temprano había miles de personas apostadas a la espera de sumarse al cortejo que llevaría sus restos desde el diario La Nación hasta el Cementerio General; otro tanto ocurrió en el trayecto y en la propia plazoleta del cementerio, donde hubo de esperar por más de una hora frente a la entrada, para despejar el acceso abarrotado de gente.

En el campo santo hablaron los más destacados líderes socialistas y comunistas de la época: Eugenio Matte, Marmaduke Grove, Elías Lafertte y Marcos Chamudes.

Condenas y amnistías

Respecto del profesor Anabalón, el juez militar Juan Segundo Contreras condenó por “homicidio calificado” a Alberto Rencoret a 12 años de presidio en su calidad de autor; y a los agentes Clodomiro Gormaz y Luis Encina a 10 años como coautores del mismo delito. Sin embargo, mientras se veía su apelación ante la Corte Marcial, los tres se vieron beneficiados por una ley de amnistía aprobada, a instancias de Arturo Alessandri Palma, el 15 de septiembre de 1934, quedando en definitiva impunes.

En otro domicilio también está el nombre del pasaje, pero también escrito de manera errónea.

A su vez, respecto del asesinato de Mesa Bell, se logró identificar a los autores materiales e intelectuales. Los primeros fueron los agentes de Investigaciones Leandro Bravo Marín y Carlos Vergara Rodríguez; y el “colaborador” Eugenio Trullenque Viñau. Los intelectuales fueron –entre otros– el subprefecto Fernando Calvo Barros; el prefecto de Santiago, Carlos Alba Facheaux; el director de Investigaciones, coronel de Carabineros, Armando Valdés; y el propio Alberto Rencoret, que de acuerdo a las declaraciones de los inculpados participó también en la reunión de varios jefes policiales que el 17 de diciembre acordaron dar muerte a Mesa Bell. Así, por ejemplo, el subprefecto Calvo declaró ante el juez que “el asesinato de Mesa Bell estaba ordenado por mis jefes y yo no hice más que acatar aquellas disposiciones superiores”.

Finalmente la Justicia dejó completamente impunes a los autores intelectuales del crimen, incluyendo a Rencoret. Dos de los autores materiales (Trullenque y Bravo) fueron condenados a varios años de cárcel, pero nada pudo haber impedido el que silenciosamente Alessandri los indultase, así como antes había logrado la amnistía de Rencoret, Gormaz y Encina.

De policía a obispo

Por otro lado, Alberto Rencoret entró al seminario, siendo ordenado sacerdote en 1939 y obispo en 1958, terminando su carrera eclesiástica como arzobispo de Puerto Montt. Sorprendentemente, su trayectoria sería reconocida como progresista en materias sociales. Y curiosamente, abandonó su arzobispado en 1969, a los 62 años y sin causa aparente, retirándose a vivir solitariamente en Constitución, localidad de sus ancestros. Y, más impactante aún, luego del golpe de Estado de 1973 se convirtió en ferviente partidario de Pinochet, hasta que falleció en 1978.

En tanto, la memoria política e histórica de Mesa Bell que en la década del 30 se mantuvo altísima –incluyendo numerosas referencias en los debates parlamentarios– fue diluyéndose crecientemente, a medida que progresaba la carrera eclesiástica de Rencoret, hasta que quedó completamente olvidada. En Santiago sólo queda una calle Meza (sic) Bell en la comuna de Quinta Normal y una animita en el lugar en que se encontró su cadáver en Carrascal y en Punta Arenas el mencionado y discreto pasaje del sector norte de la ciudad. Incluso, ni siquiera es posible hoy ubicar su tumba. En los anales del Cementerio General figura que fue sepultado inicialmente en la tumba de Aurelio Díaz Meza, en la que ya no está; y que, de modo anómalo, en los registros del Cementerio no figura cuándo ni dónde fueron trasladados sus restos.

Según el pintor, poeta y narrador Gonzalo Ríos Araneda, el Partido Socialista habría decidido erigir mediante erogación pública, un busto conmemorativo del periodista mártir.

La pieza fue encargada al laureado escultor José Carocca Laflor, que luego de entregar el encargo a sus mandantes, nunca fue erigida en espacio público alguno.