Necrológicas

La siutiquería

Por Jorge Abasolo lunes 30 de enero del 2017
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Llamamos siútico a quien no pertenece al estrato alto, culto o de gustos refinados, aunque lo imita y procura enquistarse en esa clase.

También, siútico es el que se viste de manera llamativa o el que emplea un lenguaje rebuscado y empalagoso.

Siútico de alto vuelo fue el político Ismael Edwards Matte. Se le recuerda porque en su mansión, y en un discurso de despedida al literato mexicano Alfonso Reyes hizo gala de un lenguaje lleno de firuletes y artificios.

Esa noche estaban presentes Ernesto Barros Jarpa y Aníbal Jara, entre otros.

En un momento dado, don Ismael levantó una copa de champagne e inició el brindis desde un púlpito que tenía en la antesala de su casa. Tomó aire, inflamó el pecho y exhaló estas palabras:

-Levanto este vaso cordial para honrar al epónimo aedo azteca. Voces y arpegios se apagan ante el arpa eólica del cantor de Popocatepetl.

Aunque los contertulios eran de vasta cultura, varios quedaron tan descolocados como payaso en un velorio.

Dejo en claro que el advenimiento de este vicio no llegó al país con la bonanza económica de los 80 como muchos creen. Es de muy antigua data.

Me sopla esa vieja cahuinera llamada historia que los primeros agricultores que habitaron en el valle de Azapa, en el extremo norte de Chile, construyeron modestas habitaciones de junco y produjeron alimentos como el zapallo, la calabaza, el ají, la quinoa y el maíz.

Junto con la práctica de la agricultura, estos pueblos mejoraron también sus trabajos artesanales, iniciaron la elaboración de cerámica y la metalurgia del cobre.

La gente de Azapa, como se les conoce, tenía la costumbre de cubrirse la cabeza con gruesas madejas de lana que formaban verdaderos turbantes, los que contribuían a deformarles el cráneo, dejándolo alargado. Ello era un gesto de ostentación (siutiquería) considerada en esos tiempos un signo de belleza, además de representar estatus social o étnico.

Queda de manifiesto que hay gente que arriesga hasta su salud con tal de adquirir notoriedad. Y en este pecado, los chilenos solemos reincidir hasta el hartazgo.

Huelga decir que el siútico chilensis no tiene nada que ver con el cursi español ni el huachafo peruano. Como ya dije, arranca en Azapa y se intensifica en las viejas casas solariegas del siglo 19. Dicho de otra manera, el carácter español dio mucha importancia a las apariencias y al decoro externo del individuo. Hasta fomentó cierto orgullo por los linajes y los abolengos, cuestión que hasta el día de hoy se pueden percibir.

El hecho es que a aquellas personas que usaban voces demasiado melosas y exageradamente rebuscadas, las comenzaron a llamar siúticas. La voz proviene del tono atiplado de decir precioso, brutal, feroz o lindo, entre otras.

Al pronunciar alguna de estas u otras palabras, la persona pone la boca en forma de U, como la parte de atrás de las gallinas, queriendo significar que ella puede pronunciar la misma palabra pero de una forma que la disocie del roterío callamposo.

La aporreada clase media tampoco puede eludir su culpa. Si algún defecto ostensible se nota en ella es su carencia de orgullo, de originalidad, combinado con su arribismo y ese espíritu de imitación. La clase media chilena vive ajena a su conciencia y a su destino, al revés de lo que sucede en Francia y en Argentina, por poner un caso más cercano.

Hubo una época en que no se podía hablar de sífilis o gonorrea. Se optaba por decir: “-Enfermedades de trascendencia”.

Cierto. Somos siúticos los chilenos.